El amor no tiene opuestos

El amor no tiene opuestos

“El amor ahuyenta al miedo y, recíprocamente,el miedo ahuyenta al amor. Y no sólo al amor, el miedo expulsa, también a la inteligencia, a la bondad, a todo pensamiento de belleza y de verdad, y sólo queda la desesperación muda, y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma”

Aldous Huxley.

Por: Larissa González Medina

Aparentemente hablar del amor es abordar una paradoja en sí misma, porque por una parte hay quienes sostienen que “lo opuesto al amor es el miedo”, porque estar involucrado en cualquier relación amorosa implica que se deja a la mano la vulnerabilidad propia y, con ello, el riesgo latente a que seamos lastimados en cualquier momento. De ahí a que tenga fundamento esta aseveración.

Mas, por otro lado, en “Un curso de Milagros” señala que “aquello que lo abarca todo —el amor— no puede tener opuestos”, por lo que se manifiesta la paradoja: Nos encanta sentir el amor porque nos hace sabernos plenos y felices, llenos, mas no nos gusta correr el riesgo de ser lastimados, tememos al sufrimiento que vinculamos con el amor, no dándonos cuenta de que es mucho más costoso emocionalmente renunciar a él, porque ya habríamos disfrutado de sus alegrías, más allá de si después nos podamos encontrar con una decepción o con una pérdida, que también son parte de la vida.

Renunciar al amor por miedo a ser heridos es un contrasentido porque estaríamos negándonos la posibilidad de ser más amorosos y felices, más plenos, de disfrutar de la parte más bella de la vida.

Miguel Ruiz lo expone de una manera muy clara: “Todos los problemas tienen la misma raíz: el miedo, que desaparece gracias al amor; pero el amor nos da miedo… Los seres humanos vivimos con el miedo continuo a ser heridos y esto da origen a grandes conflictos dondequiera que vayamos”.

Qué gran paradoja es que el amor, lo que más nos hace disfrutar y vivir en plenitud, la fórmula para acabar con nuestros problemas, nos resulte tan aterrador o tan inalcanzable. Es momento de dejar atrás el miedo y de buscar las posibilidades de expresar y recibir amor, porque la maestría del amor se alcanza practicándolo, como señala Ruiz.

Empecemos a manifestar el amor desde las pequeñeces menos notorias y en nuestro ámbito inmediato; tal vez se trate de aprender a mirar al otro e intentar contribuir a que su existencia sea un poco más afable, al menos en el momento en el que crucemos caminos, ello es una muestra de amor a la existencia, a nosotros mismos, al prójimo, al mundo, porque, como decía Krishnamurti, ”Tan solo cuando hay amor nuestros problemas pueden resolverse”.

El reto consiste en desterrar al miedo, el control, la soberbia, la desolación, el maltrato, la inconsciencia, la destrucción: el sufrimiento. Hacer del amor nuestro eje de vida y nuestra manifestación más vital, con lo cual superaríamos muchas expresiones inadecuadas y, a veces, hasta perversas que ha tenido la raza humana.

El amor potenciaría los alcances de nuestra especie y nos integraría como humanidad, en comunión con la Tierra y con sus múltiples formas de vida, de otra forma, corremos el riesgo de “expulsar del hombre la humanidad misma” y la propia esencia del ser humano, el amor.

Fuentes:

Ruiz, Miguel. (2001). La Maestría del Amor. Barcelona, España: Ediciones Urano.

Schucman, Helen. (2018). Un Curso de Milagros. Mill Valley, CA., EE.UU.: Foundation for Inner Peace.

Krishnamurti. (2012). Relacionarse con el mundo, uno mismo y los demás. Barcelona, España: Kairós.

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